Jareta abierta: anécdota

Eran cerca de las 11:30am del domingo, hora en que iniciaría la misa en San Vicente, en pleno turno de la comunidad. Si en la habitual misa sabatina la Iglesia apenas si cabe la gente, para esta festividad, la pequeña Iglesia lucía aún más pequeña.

Llegamos temprano y pudimos sentarnos en una de las bancas perpendiculares al púlpito y la mesa. Este servidor se catrineó bien, con pantalón de vestir y zapatos; cosa rara para mí (lo reconozco) con mis cotidianos jeans, camiseta y tenis 4 X 4.

Una vez bien achantado estiro mis manos a los lados apoyándolos en la banca. Lo mismo con los pies para relajarme un toque después de esperar un poco por el padre que sufrió un retraso. Mi novia a la izquierda, un compa y mi cuñada a la derecha eran mis vecinos.

Ya la espera se hacía larga y empezaba a impacientarme. En eso mi cuñada hace una seña extraña a mi novia y yo la noté pero no supe descifrar su significado. Al parecer Prix tampoco. Busqué de nuevo respuesta en KB pero solo pude verla cubriendo su cara con sus manos, mientras se tragaba el sonido de su risa para no perturbar a la gente, que de por sí, empezaba a estresarse por el prolongado retraso.

Miré entonces a mi compa, Alejandro, y él ya iniciaba el recorrido hacia la carcajada. Yo seguía detrás del palo. Pues bien, volví la vista sobre mí y entonces entendí la raíz del asunto. En dos platos: andaba la jareta abierta.

Ya entonces Prix estaba riéndose también y a mí no me quedó más remedio que hacer lo mismo y seguir la máxima de reírme de mi desgracia pa’no pasarla tan mal. Ahora lo que quedaba era disimular y buscar el momento adecuado para arreglar el asunto en un movimiento tan rápido como sigiloso. El problema es que media Iglesia nos veía. La risa delataba las más mínimas sospechas: algo divertido había pasado en nuestra banca y ellos querían enterarse que era.

Mi estrategia fue disimular hasta que las risas y murmullos terminasen, y aprovechar que las miradas se desviaran para hacer mi movida. Tuve la paciencia de esperar a que la fuerza de las risas se agotasen. Aguardé hasta que los ojos ajenos veían otra cosa que no fuera a mí y mi entrepierna: los cuadros del Vía Crucis, los candelabros, las copas, los coristas, el techo, los carajillos correteando por los pasillos…

El instante preciso llegó, ya había pensado cómo iba a ser la “subida”. Lo analicé bien mientras mis ojos repasaban los otros. Sentí que era el momento, justo después de haber dicho no a Prix sobre su propuesta de bajarme bien la camisa e ir a remediar el asunto afuera y luego regresar. Opté por arreglar las cosas allí mismo. Y así fue…

Priscilla me ayudó al tratar de bloquear con su cuerpo las miradas de los demás. Supe que era oportuno hacerlo; mi mano izquierda sujetó con fuerza el pantalón debajo de la parte baja del zipper y con la derecha cerré con rapidez. Pude sentir como mi cara se enrojecía, aun más que cuando me enteré del “color“. Mis vecinos se desmorecían y yo me hacía el ruso.

Quise comprobar el éxito de mi misión por lo que realicé un paneo general. Pude comprobar que al menos en la nave central, naide vio nada. Ahí me tranquilicé y mi rostro volvió a ser lo blanco que siempre ha sido pero, cuando miré al frente, vi a una señora totalmente desternillada. Supe de inmediato que no se reía de algún chile de Porcionzón o alguna jetonada de Emeterio. Mis cachetes volvieron a verse como manzana de agua en plena cosecha veraniega.

En eso comprendí que era muy difícil haber alcanzado “cerrar la cantina” sin que alguna de las casi 100 personas lo notasen. Enseguida, comencé a reír para liberar tensión. Volví a ver a esa persona, le sonreí, alcé los hombros mientras estiraba mis brazos y decía: “diay, esas cosas pasan”.

Divertida situación que no terminó allí pues, cuando salí a comprar unos tamalitos después del ridículo y antes de que llegara el padre, noté que la bendita jareta estaba cerrada hasta la mitad nada más…