Dolor de nalgas: anécdota de cabalgatero principiante

En mis 27 años de vida, 20 de los cuales he vivido en mi natal San Carlos, nunca había montado a caballo. “Qué sancarleño más pura tuza” me dijo un compa cuando lo supo, y yo no repliqué porque aceptaba el colmo que los únicos caballos que hubiese andado eran los de las fiestas.

El domingo llegó el momento, ese en que uno se tira a pista y fue en ni más ni menos que en una cabalgata que estaba programada pa’ 3 horas. Yo, que tenía 0 minutos de experiencia, cumpliría poco más de 180 de un solo. Algo no muy inteligente, pero la fuerza de las circunstancias así lo obligaban.

Entre el gentío, me escogieron a un caballo que de inmediato bauticé: Rocinante. El más manso fue el que había pedido. Era de esos que la gente nombra como “jala quesos” o “salchichón”. Yo, en mi inexperiencia, veo igual a uno de estos “viricos” que a los pura sangre. Obvio se ve la diferencia de pelaje y el paso, pero para mí son los corrientones los más valientes pal brete y eso los vuelve más importantes.

El bendito Rocinante no me aceptó de buena gana. Yo le jalaba la rienda más de la cuenta y el corcel respondía con pequeños brincoteos. En esos toques iniciales mi corazón aceleraba un poco más de lo normal, pero en general me mantuve tranquilo.

Poco a poco fui soltando la rienda y Rocinante a andar más tranquilo. El arranque era un toque difícil porque había que insitir con el golpeteo de los costados. De inicio pensé que era medio vago o que notaba mi inexperiencia y, de entrada, estaba predispuesto para una mala jornada. Estaba medio destramado porque siempre jalaba pa’la ronda y yo con miedo que me botara justo en las cercas electrificadas o peor, en los alambres de púas. Después del rato de tratar de tirarlo al centro, dejé que fuera bien aorillado (?) porque imaginé que las piedras no eran una superficie muy cómoda pa’andar, y menos con un carajo a cuestas.

Junto con otros 299 caballistas y caballos más, entre los que bautizamos a Silverio, Megatrón y Optimus Prime, entre otras ocurrencias (a propósito de cosas de moda), transcurrió la cabalgata entre calles de piedra, potreros, bosque natural y quebradas bastante llenas porque llovió muy fuerte. Las 3 horas se convirtieron en casi 7, porque el paso del agua era tan fuerte, que hubo que desviarse del trayecto original y hacer casi el doble del recorrido para no poner la vida en riesgo.

Casi a las 7pm, Rocinante llegó de nuevo al punto desde donde inicialmente me cargó. Renqueaba y jadeaba bastante, pero soportó el total de trayecto.

Hoy, un día después, cual hipocondríaco experto, paso el día entre un dolor de nalgas (brincoteos y roce con la montura), de espalda (por ir más erguido que miembro…de la Guardia Suiza), de rodillas (por evitar el leve roce de las púas) y de cuello (pa’ver si los rezagados por lo menos se veían a lo lejos). El sombrero, el poncho y la doble camisa me salvaron de una gripe casi segura sin ellos, de otro modo, a las quejas habría que sumar un derrame abundante de líquido nasal y una tos interminable.

Bonita experiencia sin duda, aunque sí muy agotadora. De nunca andar a caballo a lo que hice, siento como si hubiese gastado en una sola monta, todos los minutos-caballo a los que tengo derecho durante mi vida entera.