Aprendiendo a hablar

Fabiola es una de mis tres sobrinas. Apenas tiene dos años y resto y, como imaginarán, es normal que a esas alturas de la vida, la pequeña sea una terremotica chiquitica. Más o menos de un 6.1 en la escala de Richter.
La he visto crecer todo este tiempo y he sido testigo y protagonista de sus loqueras, muchas de ellas hilarantes, otras no tanto porque me han afectado. Sé que ustedes han sufrido también de ese dilema de amar a los sobrinos y no soportarlos por momentos, especialmente cuando se jalan tortas.

Con curiosidad he puesto atención al uso del lenguaje que ella tiene para expresarse, para demandar, para pedir, para señalar…

Es vacilón como Fabi, va aprendiendo esos benditos verbos irregulares que tanto temen los que no hablan la hermosa lengua que tenemos. Ella no teme equivocarse, de hecho, del error aprendemos. Cuando niños, conjugamos mal y alguien nos corrije. Luego, después de errar, vamos mejorando.

Fabi confunde algunos verbos y los usa justamente al revés de su verdadero significado. Para decir “préndalo” -refiriéndose al tele- dice “apáguelo”, y de inmediato viene la corrección, en medio de alguna risa ahogada para que no se sienta mal. Para bajar las gradas usa el verbo “subir”, y así en otros casos que me han hecho prestarle más atención a sus palabras.

La que me sacó el menudo fue la conjugación del verbo “poner” en pretérito de segunda persona singular. Ella, una fanática del “cate“, como le dice al aguacate, me pidió un poco, de los que mami puso sobre la mesa al almuerzo.

Yo tomé su cuchara y le serví. Dos segundos después ya estaba en su boca. Volvió a pedir más “cate” y de nuevo le serví. Dos segundos después ya lo había comido. Por tercera vez me pidió aguacate y yo ya medio cansado de estar en esas y a punto de darle el “cate” entero, le puse la cuchara con otro poco en el plato. La cuchara quedó boca abajo y su carga no se veía. Ella, angustiada por no encontrar su deseado aguacate, dijo: “¿donde me lo pongó?”.

Asombrado de ver como desde pequeñitos vamos masticando -casi rumiando- el complicado idioma que usamos, le seguí sirviendo más “cate” a Fabi, feliz de que algún día hablará muy bien, aunque se la pase comiendo aguacate…