El espiado humilde (segunda parte)

Un día, no mucho después de que el sitio empezó a estar más agitado y en el que debía trabajar más por el mismo dinero, decidió marcharse. Sintió que el tiempo no le alcanzaba para ser persona y que la dignidad solo la mantendría al no saber más de las personas a las que servía.

Su ida, fue imperceptible por muchos, pero notada por otros, unos pocos de los más radicales que no descartaban que sus planes pudiesen ser descubiertos y perder efectividad. Así lo vieron unos de ellos; de los poderosos que hacían y deshacían a su antojo. Fue un mal momento para irse porque pensaron que se iba con el motivo de desprestigiarlos, porque otros como ellos, le pagarían para que divulgara tanto como supiera. En realidad, el señor se fue a buscar un lugar mejor y más tranquilo; ellos pensaban que se iba para desenmascararlos. Ahí, se dio cuenta que el poder de uno es fuerte, aunque lo entendió cuando captó que, las amenazas contra él, sirvieron para advertir el miedo que le tenían.

Sus primeros días en casa fueron normales. Hacer labores básicas por la mañana y buscar trabajo por la tarde. Una semana pasó y seguía desempleado. Pocos días después, le fue entregado un cheque con muchos más recursos que los que una cuenta de una persona necesitada como él, pudiese recibir en muchos meses de trabajo. Venía junto a una carta en la que se le invitaba a callarse para no correr peligro. La amenaza la sintió como cuchillo desgarrando su pecho.

Su madre le enseñó que ser pobre no era pecado, pero tomar algo que no le pertenecía sí. Recordó a su madre cuando decidió no aceptar el dinero y guardarlo en el mismo sobre en el que llegó. La carta no tenía remitente y no lo pudo devolver. Se tomó algún tiempo el pensar como proceder con algo que no quería aceptar y que no podía retornar a su dueño.

Sus exjefes supieron que no aceptó el pago. Ellos se enojaron y no comprendían la irracionalidad que movía al señor. Aun más cuando el señor entregó el dinero a una señora de la calle que pedía lismona. Ese acto los llevó a aumentar el control sobre él. El seguimiento para personas sediciosas como él, seguramente, era cosa normal en tiempos de decadencia.

Pero el señor comprendió que estaba en un lío. Se enojó porque él no lo buscó y sentía que hizo algo incorrecto. Sus propios valores, con los que actuó para no aceptar la compra de su dignidad, empujaban contra él.

Empezó a sentir que le controlaban los lugares que visitaba, la gente que encontraba e incluso sus conversaciones al teléfono. Vio que su gesto respecto el regalo no fue bien visto y descubrió a quienes lo enviaron. Supo de inmediato que le cobraban el haberse ido, y el conocer mucho de ellos, mucho que en manos y mente de otros, sería un enorme obstáculo para llevar a cabo sus planes y los de la alta sociedad.

Sintió mucho miedo. En especial cuando pudo escuchar que sus conversaciones por teléfono eran controladas. Pensó que estaba en un gran problema. Quiso llamar a la policía, pero desestimó esa opción al recordar que los jerarcas del cuerpo policial, eran parte del selecto grupo de personas exitosas que se reunía en aquella casa… Estaba solo.

Observó como era más difícil encontrar un nuevo empleo y rechazó una oferta para regresar a sus labores. Ese era el último lugar al que querría regresar. Allí sintió amenazado sus principios hacía unos meses. Ahora la amenaza era por doquier.

Se apuntó al juego con cautela y supo que ellos querían su silencio. Las llamadas con temas familiares no eran interesantes para sus espías y eso lo tranquilizó al ver que ellos desistirían cuando se enterasen que se equivocaban de persona.

No obstante, todo siguió en lo mismo y su preocupación, más bien, era mayor. La presión del tiempo y de la mente lo llevó a una solución: llevar a sus espías a desgastarse en cosas que no existían, que no eran tales, hasta que así vieran que no fue sino un error suyo y olvidarse de alguien como él.

Hablaba por teléfono con palabras poco coherentes una vez juntas. Las frases no parecían tener sentido lógico y lo más razonable para los espías es que sería un código secreto o lenguaje encriptado. El señor imaginaba que sus espías pasarían muy ocupados tratando de descifrar cosas que él estaba inventando.

Pero fue peor. Lo llamaban para decirle que tuviera cautela, por él y por su hija. Le dejaban notas para confirmarle que el silencio era la opción adecuada. Todo fue un laberinto. Seguir el mismo rumbo era peligrar contra su vida. Callar tampoco empezó a ser una opción. Ya había estado mucho tiempo en el letargo y algo lo impulsaba a luchar contra las injusticias que llegó a conocer por su cercanía al poder.

No supo actuar claramente. Cada paso era vigilado y cada palabra estudiada. A pesar de su pasado intachable era considerado peligroso. Se vio en una situación enredada y así fueron también sus pensamientos y sus actos.

Su vida simple y lineal y el juego de claves en el que participó un allegado, se convirtieron en su cotidianidad. Obtuvo un trabajo digno, en lo mismo que se había dedicado en los últimos años. La presión de a poco fue disminuyendo, porque sus exjefes encontraron otras personas a quien amenazar, y además, porque la suciedad y las mentiras fueron apareciendo sin que el señor las hiciera visibles. Por sí misma, la realidad los fue desenmascarando y ellos dejaron de presionar y amenazar al señor. Pero él, que conoce bien esa estirpe poderosa, sabe que como las olas, ellos mismos sabrán utilizar sus armas para regresar sutilmente y, para eso, él deberá estar preparado.

Mientras tanto, goza el haber engañado a quienes tienen al engaño como costumbre. Estuvo inventando cosas para generar distracción, quizá en un juego casi masoquista, empoderándose al sentirse centro de atención, sin tener sus acciones más importancia que el mero señuelo, en el momento cuando otros, hacían el trabajo que los del poder temieron que haría gente como él.