Descanso

Cada nuevo trazo era vacilante. Las palabras brotaban menos fluídas; unas letras atropellaban el espacio de otras y formaban garabatos, más que contornos legibles.

La punta del lapicero incidía con mayor ángulo sobre el papel, y la tinta discurría cual agua en colina tras el aguacero. La inspiración y las ideas estaban casi bloqueadas. Se marcaba así, el juego irresoluto entre la vigilia y el sueño.

Los párpados caían como catarata que derrama su furia contra la poza. Se levantaban cada vez más forzosa y difícilmente. Ya ni la luz de la lámpara parecía contener el poder de Morfeo.

Una última idea fracasó a medio camino. El trazo de una letra se alargó transversalmente sobre la hoja, la muñeca desistió y el lapicero se separó de la mano como si quisiera huir para también descansar. Rodó y golpeó el suelo de madera y casi escapa del cuarto por la rendija.

Un cabezazo convenció al escritor, por fin, de retirarse de momento y definir que su próxima tarea sería la de buscar las cobijas y su lecho.

Pensó, optimista, que nuevas ideas nacerían en el descanso…

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