El viaje de la mariposa

En su viaje, una pequeña mariposa llegó hasta a mi casa. Jugueteaba cerca del perro que perezosamente estaba acostado en la alfombra. Ella -porque por su aire de belleza y delicadeza supuse que era hembra- se movía volando y a veces caminando entre las sillas de un corredor un poco sucio, como usualmente estaba cualquier domingo por la mañana. Se acercó mucho al perro y quise tomarle una foto por si se acercaba más. Quería un retrato singular de un adorable zaguate junto con una Heliconius hecale.

Entre los segundos que tardé en traer mi cámara y el regreso al corredor, la mariposa desapareció. Unos segundos luego, estaba de vuelta -como si hubiese olvidado algo- y aterrizó cerca de mí. Encendí la cámara y procedí, y al parecer, la mariposa también. Posaba como si advirtiera que valía la pena retrasar un poco su viaje, con tal de estar junto a aquel extraño objeto redondo en el que se reflejaba su belleza.

Dice Pri que ella recargaba energía; yo percibí que se sentía modelo.

Luego del saludo, su baile, su flirteo…¡voló!